jueves 20 de noviembre de 2008

Consejo-mandarina

Ya sé que tienes 19 años, pero escúchame...

Hay una universal manía por definir las cosas. Todos somos académicos de la lengua en potencia. El Diccionario oficial dice que “amor” es el “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. ¡Toma ya! O sea que, oficialmente, somos insuficientes. El caso es que como nada más propio e individual que el sentimiento de estar enamorado, todos tendemos a buscar nuestra propia definición, que siempre es particular. Lo mismo pasa con la vida. Volvamos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “Fuerza o actividad interna sustancial, mediante la que obra el ser que la posee”. Eso es la “vida”, según los académicos, aunque es evidente que es muchas más cosas que, como en el caso anterior, incluimos en nuestra propia definición, ligada siempre a nuestra experiencia.

Dicho todo esto, déjenme decirle a unas cuantas cositas a un buen amigo: eres tan tonto como el resto de los mortales. Crees que la felicidad depende de que funcione todo cuanto te rodee. Crees que serás más feliz si la chica que quieres está contigo, si nadie te joroba en el trabajo, si tu familia actúa siempre como esperas que lo haga. Das por hecho que tú eres una veleta que se mueve en dirección al bien o al mal en función de cómo sople el viento. El problema, tronco, es que todavía no te has dado cuenta de lo importante que tú eres para el mundo. Es decir, “el mundo”, como la vida o como el amor, tiene una definición particular. Para ti, el mundo eres tú. Y nada más. Eres tú en relación con lo que te rodea, con los otros mundos, pero partiendo de ti. Moraleja: Todo depende de ti. Dices que esto ya te lo han dicho y que, precisamente, es lo que más te agobia: el miedo de saber que eres tú solo frente al mundo. Pero no te equivoques, no es así: eres tú con el mundo, no enfrentado a él.

Lo de los consejos funciona de manera mecánica: quien los da los acaba recibiendo tarde o temprano, devueltos en forma de mandarina. O sea, a gajos y que acaban dejándote un olor imborrable en la piel. El caso es que cuando uno consigue pelar un consejo-mandarina devuelto acaba encontrándose consigo mismo, con lo que él mismo pensaba tiempo atrás, cuando era libre (dícese de alguien que opina sin estar condicionado por el sufrimiento), cuando sabía que él era mucho más importante que todo aquello que le pudiera pasar, cuando regalaba aquellas palabras inolvidables: “Cuando superas esto es cuando te das cuenta de que eres mucho más fuerte que esta puta vida”