lunes 29 de diciembre de 2008

El otro niño

De La vida en rojiblanco

Leo la prensa estos días de Navidad y se me hace imposible hablarles de fútbol, de nuestro Atleti, de nada que no sea la muerte programada y voluntaria que inunda el Oriente que llaman Próximo. Lo que daría por poder contarle a algún niño, de esos a cuyos padres han asesinado unos cuantos bombardeos nada selectivos, que con su edad yo aplaudía a rabiar a once futbolistas en un estadio de fútbol. Imagino la respuesta del chico: “¿Pero los estadios de fútbol no son para apilar cadáveres?”

Este mundo nuestro siempre ha estado patas arriba. Yo no perdono un domingo sin mi Atleti, que siempre es la previa de un lunes ojeroso y largo. El fútbol nos salva a diario de las rutinas pesadas, de nuestras pequeñas miserias, de nuestros grandes fracasos. ¿Quién no ha ido al Calderón algún día con un humor de perros y ha salido dos horas después con una sonrisa de oreja a oreja? Nadie podrá convencernos de que son sólo once tipos en calzoncillos, de que nuestra vida no va a cambiar porque el Atleti pierda un partido. Nadie podrá convencernos de eso porque ya lo sabemos. Y porque nos da igual. Pero hoy, que he vuelto a abrir un periódico teñido de sangre, me ha dado por pensar en mis lunes negros y me ha dado vergüenza.

Desde hace tres días, el ejército israelí responde a los ataques del gobierno pro-terrorista de Hamas bombardeando Palestina. Ya hay más de trescientos muertos. En todos los periódicos de hoy me he encontrado la misma foto: Una mujer se tapa la cara; su marido le rodea con los brazos, como si pudiera protegerla de los infames ríos de fuego y pólvora que estallan a su espalda. El hombre sostiene con su brazo izquierdo a un niño de unos cuatro años que no sabe donde mirar. A ese chiquillo me gustaría llevarle un día al fútbol, y enseñarle las pequeñas victorias de nuestro mundo, los sencillos placeres que hacen de nuestra vida una rutina llevadera. Querría darle a esos ojos algo de esperanza, muy lejos del horror que provocan en su tierra unos señores que él no conoce. Me encantaría poder hablarle del Atleti y que él dejara de pensar en sobrevivir.

Ese es el único niño que tengo hoy en la cabeza. Por él me he despertado hoy cagándome en esos tipos que pulsan botones y firman decretos mientras la sangre ajena les rebota en la conciencia. Ese es el niño que merece hoy un mundo distinto. El mundo donde once tipos corren detrás de un balón para que unos cuantos más esbocemos una sonrisa cómoda y tranquila.