jueves 18 de diciembre de 2008

Otra vez Madrid

No daban las nueve y media de la mañana y una inmigrante sudamericana le explicaba a una venerable sesentona cómo llegar a la Plaza de Callao. De fondo, los titulares de los periódicos escupían su agresiva tinta, ajena ella al rutinario juego de relaciones que la ciudad establece. Tiene por eso Madrid un algo inexplicable, por mucho que Sabina lo intentara. Pongamos, pues, que hablo de Madrid.

Que a casi nadie deja indiferente y que de tantas gentes como tiene, ninguna de ellas se siente lo que no es. Es decir, foránea. Porque a base de tejer banderas, el mundo se le ha quedado pequeño a este Madrid amplio, castizo y universal que acoge, como lo hace la madre con el hijo descarriado. Madrid es un sitio para nacer, para vivir pero, sobre todo, es esta una ciudad para volver. Porque el regreso a Madrid es siempre un abrazo de asfalto y porras, como un café recién hecho, que le hace a uno olvidar lo que viene después. Tiene Madrid un efecto psicológico, que es integrar sin excluir, que es incluir sin expulsar.

Tiene Madrid una estación de atocha y un museo del Prado, y un Moneo atrevido y una cuesta de Moyano, y tiene Madrid tantos parajes verdes que quizá algún día el Retiro logre el Nóbel de la Concordia. Pero aún teniendo todo eso, nada más sincero que el anonimato de quien lo busca y el abrazo común para quien lo necesita. Porque uno puede ser uno si es que así lo quiere, pero también muchos, familia, comunidad si es que necesita el aliento. Madrid es uno y es todos y cada uno de los que vienen y va, que para algo es esto capital del tránsito.

Y ahora dejémosle de nuevo a los poetas que le pongan los versos que esta ciudad merece. A ver si a nuestro alcalde le da por recordar que, antes que el metro, fue el hombre.