martes 24 de marzo de 2009

Las mujeres y los políticos

Las mujeres y la política, un sinónimo. Después de saborear el final de un buen libro, tranquilo en una sencilla soledad, ese binomio infame se me aparece como una evocación del infierno.

Las mujeres abocan al precipicio. Son capaces de acelerar el ritmo cardíaco del autista emocional. Sorben y sorben la pajita y al final no puedes arrancársela de la boca porque te has enamorado de ellas. Más tarde te das cuenta de que era una consentida más, una puta desagradecida cualquiera que utilizó al mensajero para satisfacer aún más su infame ego, su interminable lista de cadáveres exquisitos.

Los políticos no saben qué es verdad y qué es mentira. Pero es peor aún: les da igual. Su objetivo es el poder, y el precio a pagar es siempre asumible. Cuando un ciudadano cualquiera se ve envuelto en algún asunto administrativo que depende de un político y del que, por desgracia, depende también parte de su felicidad, puede darse por jodido. Las decisiones de los políticos no suelen estar motivadas por razonamientos coherentes y lógicos. Deciden como lo haría la serpiente: "¿hasta donde me llega la lengua?"

Las mujeres y los políticos constituyen, en si, un redoble de miseria, una Catedral de la religión sádica del relativo orden moral de las cosas. A ellos se les presenta el futuro en bandeja de plata y algunos nos preguntamos de vez en cuando qué podemos hacer por evitarlo.

Lo único inevitable es aquello que no queremos evitar.