Un mal día puede ser la víspera de un suicidio. Puede uno preguntarse ¿Para qué tanto dolor?, y acabar bajo las vías de un tren de cercanías, que van más despacio y tiene más gracia la cosa de la muerte violenta y populosa. Se levanta uno acechado por algunas dudas irreparables y acaba durmiendo el sueño de los injustos. O sea, más muerto que vivo.
Sentirse solo, muy solo, dramáticamente solo, puede ser un buen motivo. O acostarse sin trabajo un lunes y un martes y no tener nada más que hacer que nadar.
Si ayer tuviste un día horrible no habrá canciones que te sanen. O quizá si y tan sólo es que no tienes ganas de esperar.
¿Quien pela cebollas por devoción?
A la mierda tus razones y tu felicidad, a tomar por el mismísimo arte tus manías persecutorias y tus recuperaciones de después. No quiero que me invites a una ración de sonrisas. Me parece que todo eso es una estupidez aprendida de alguna película americana o de algún libro de Corín Tellado. Si te mueres pues muerto estás y no hay libros que puedan salvarte. Por eso no es esto una cosa poética, ni falta que hace. Leche, que me estoy acelerando.
No tiene sentido. El IPC cayó una décima en febrero. ¡Pus vaya cosa! Me da igual.
Sombra mía, ¿¡por qué me has abandonado!?
jueves 12 de marzo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada