De tanto escribirle al desengaño he acabado por creérmelo. Casi nunca es por despecho. A lo hecho espalda, y que quede bien detrás, recordándome aquellos lugares que conviene olvidar. ¿Olvidar? Sólo aquello que nunca me perdonan.
(Esta tarde, Madrid era una moda: jinetes sin caballo, rockerillos de cuero y cadena, mods de día, un pijo mirando un escaparate y un heterosexual intentando ser ambiguo colocando el escaparate; una chica con los labios ensortijados y una pareja de ancianos caminando de la mano. Había un chico muy delgado con el pelo muy negro y los pantalones muy apitillados. Caminaban todos pretendiendo, buscando su reflejo en alguna mirada que pueda comprender su mensaje de modernidad e ideología. Eso pretenden, claro, que nadie se atreva a hacerse una idea equivocada: no quieren que nadie sepa de ellos más que la información clara y concisa de su uniforme. ¿Por qué llevas los pantalones tirados y un piercing en la oreja? ¿Por qué te pintas de negro y por qué llevas gafas de sol en el Rodilla?)
Así que, ya que Madrid sigue siendo un escaparate frívolo, no vengas tú a decirme que lo sientes. Ese es tu disfraz. No me digas "lo siento" porque lo único que sientes es no haber sentido nunca eso que decías sentir. No conozco a nadie que mienta como tú, con tanta disciplina, precisión y sinceridad. No entiendo como eres capaz de sentirte peligrosa siendo tan vulgar.
Otra vez el reproche, otra vez la noche. Recuerdo cuando me perdía entre tus piernas pidiéndole disculpas a tus manos. Otra vez la culpa, otra vez la noche. Tengo ahora tu piel insertada en cada espacio en blanco. Otra vez tú, otra vez esta jodida noche.
Carta de un hombre desesperado a una mujer inesperada
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Estoy aquí. Me encuentro esperando a que vuelvas en un vuelo transoceánico blandiendo tus alas como espadas cortando el vuelo de las aves. Mientras deseo tu ...
Hace 6 días

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