sábado 25 de abril de 2009

Eras mentira. Eras un producto.

De tanto escribirle al desengaño he acabado por creérmelo. Casi nunca es por despecho. A lo hecho espalda, y que quede bien detrás, recordándome aquellos lugares que conviene olvidar. ¿Olvidar? Sólo aquello que nunca me perdonan.

(Esta tarde, Madrid era una moda: jinetes sin caballo, rockerillos de cuero y cadena, mods de día, un pijo mirando un escaparate y un heterosexual intentando ser ambiguo colocando el escaparate; una chica con los labios ensortijados y una pareja de ancianos caminando de la mano. Había un chico muy delgado con el pelo muy negro y los pantalones muy apitillados. Caminaban todos pretendiendo, buscando su reflejo en alguna mirada que pueda comprender su mensaje de modernidad e ideología. Eso pretenden, claro, que nadie se atreva a hacerse una idea equivocada: no quieren que nadie sepa de ellos más que la información clara y concisa de su uniforme. ¿Por qué llevas los pantalones tirados y un piercing en la oreja? ¿Por qué te pintas de negro y por qué llevas gafas de sol en el Rodilla?)

Así que, ya que Madrid sigue siendo un escaparate frívolo, no vengas tú a decirme que lo sientes. Ese es tu disfraz. No me digas "lo siento" porque lo único que sientes es no haber sentido nunca eso que decías sentir. No conozco a nadie que mienta como tú, con tanta disciplina, precisión y sinceridad. No entiendo como eres capaz de sentirte peligrosa siendo tan vulgar.

Otra vez el reproche, otra vez la noche. Recuerdo cuando me perdía entre tus piernas pidiéndole disculpas a tus manos. Otra vez la culpa, otra vez la noche. Tengo ahora tu piel insertada en cada espacio en blanco. Otra vez tú, otra vez esta jodida noche.