Mediado el siglo XVI, con Carlos V arreglando algún desaguisado religioso en Flandes, España se moría de peste. No había solución posible. Incluso el entonces príncipe Felipe le escribió a su padre alertándole de la caótica situación del pueblo español, azotado por el hambre y la miseria y, consecuencia de esto, por una extraña enfermedad que se extendía sin remedio por los campos de Castilla y aledaños. Según los cronistas, muchos de aquellos compatriotas nuestros se marcharon de sus pueblos con la esperanza de dejar atrás la peste. Pero eso sólo sirvió para que la enfermedad se extendiera sin remedio por cada vez más y más lugares. Los viajes, rudimentarios, acabaron por propagar aún más aquella lacra.
Han pasado unos cuantos siglos y el mundo sufre hoy una nueva peste. Ahora sabemos más cosas: su nombre, sus consecuencias y, sobre todo, el remedio. Sin embargo, también hay muchas semejanzas: es una enfermedad altamente contagiosa que despierta miedo y desconfianza en las personas, porque el miedo no entiende ni de fronteras ni de siglos. Es, quizá, el sentimiento más antiguo, el más peligroso y, desde luego, el más común a todos los habitantes del planeta. Dicen lo expertos que probablemente el virus de la gripe porcina se originara en alguna granja de Méjico. En pocos días, ese foco se ha extendido al resto del mundo. ¿Se imaginan cómo se sentirá el dueño de esa granja si se enterara de que él es el responsable de esta tragedia contemporánea? Lo malo de la globalización es que no puedes separar la coca cola de los cerdos, ni a Obama del granjero mejicano.
PD.- Las farmacéuticas suben en bolsa.
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Hace 6 días

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