Eran las dos menos cinco de la tarde cuando me enteré de la noticia: tras una semana de agonía en un hospital de Bayona, el joven guardia civil Pedro Trapero había muerto. Siete días antes, dos etarras le habían acribillado a tiros a él y a su compañero Raúl Centeno. Les habían descubierto por casualidad en una gasolinera de Capbretón. Raúl murió en el momento, pero a Fernando la vida le “regaló” una semana de agonía en el hospital. Hasta allí nos habíamos desplazado unos cuantos periodistas españoles que, desde el primer día montamos guardia en la puerta del hospital. Desde allí vimos desfilar a todo tipo de autoridades políticas, incluido el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Todos estaban encantados de hablar ante los micrófonos para expresar su consternación por lo sucedido. Los familiares del guardia civil, y sus compañeros del cuerpo expresaban su consternación escondiéndose de las cámaras y los micrófonos, despistando como podían nuestro voraz y desmedido instinto informativo.
A lo largo de la semana se iban sucediendo los rumores sobre el estado de salud del agente. Cada día parecía que fuera el último. “Me han dicho que de hoy no pasa”, decía un jovencísimo redactor; “Parece que ya le han quitado los tubos”, apuntaba otro. El caso es que todos esperábamos la noticia. Si, esperábamos la noticia. Lo esperábamos porque era harto agotador pasar horas y horas en el aparcamiento del hospital de un país extranjero y ajeno en mitad de diciembre. Y noticia porque, efectivamente, lo era. Sin embargo, amén de la conciencia de cada uno, los periodistas que allí estábamos aguardábamos que sucediera lo inevitable con una mezcla de frialdad y frivolidad. Era una noticia y nosotros estábamos haciendo nuestro trabajo. Yo era consciente de la terrible inmoralidad de aquellas conversaciones con los compañeros, sabía perfectamente que cada risa compartida en aquella cafetería era un puñal clavado en el corazón de la madre de aquél muchacho. Pero seamos honestos, “quién se iba a enterar”. “Somos periodistas, estamos por encima de todo, nos volvemos insensibles”. A costa de topicazos y mentiras disfrazadas, la conciencia acaba por sucumbir.
Como decía, la noticia llegó a falta de cinco minutos para las dos de la tarde de un viernes lluvioso y terriblemente frío. Un colega de Radio Nacional de España acababa de hablar con la corresponsal de París. Francia acababa de confirmar la noticia: el guardia civil había muerto. Raúl había muerto. ETA había ganado de nuevo.
El informativo empezaba a las dos y yo ya tenía escrita mi crónica en términos muy parecidos a las de los días anteriores: “Buenas tardes, continúa la espera en Bayona. El último parte médico mantiene el estado de máxima gravedad y...” Pero todo cambió a las dos menos cinco. Llamé inmediatamente a la radio. “Oye, ya está, me acaban de confirmar que el Guardia Civil se ha muerto”. Entre llamadas, consultas y demás rutinas, mi llamada acabó en el estudio, donde estaba a punto de comenzar el informativo. La productora descolgó el teléfono. Ella ya sabía la noticia. “Guillermo, espera que le pregunto a Nacho a ver cuando entras”. En mi teléfono, en medio de la lluvia francesa, sonó una canción que emitía Cadena 100 en ese momento y que utiliza la cadena cuando alguien pone una llamada en espera. De pronto la música cesó y escuché las señales horarias, esos seis pitidos que suenan en la radio cada hora. Eran las dos de la tarde y el informativo iba a empezar. Yo estaba colgado de un teléfono muy lejos de mi casa, mi madre estaba haciendo la comida, mis amigos jugaban a las cartas en Cercedilla, mi hermano mayor daba de comer a sus hijas y yo me moría de frío con el teléfono entre las manos y una noticia en la conciencia. Sin previo aviso, Nacho Villa empezó el informativo alterando el orden establecido en el guión: “ comenzamos este informativo desde Bayona con una noticia de última hora que va a hacer cambiar el guión de este informativo... nos vamos en directo hasta Bayona, Guillermo Vila, buenas tardes”. La mente actúa de modo eficaz en esos momentos. Yo no sabía que debía entrar en directo tan pronto, y no tenía nada preparado. Aunque ya tenía algunos años de experiencia, nunca me había encontrado en una situación así. Pero no cabía el error. Había miles de personas esperando que yo les dijera cuál era esa noticia de última hora. Y la dí. “Buenas tardes Nacho... el Guardia Civil Fernando Trapero acaba de morir...” Cumplí mi trabajo.
Horas más tardes, estuve a punto de llamar a mi jefe, rechazar su felicitación, y presentarle mi dimisión. Ese día me di cuenta, de una manera aterradora, de que la responsabilidad de un periodista no es cumplir con su trabajo, sino hacerlo con responsabilidad. Pasé muchos días pensando en aquellos cinco minutos. “¿Y si un familiar del guardia civil estuviera escuchando la COPE” “¿Y si mi colega de Radio Nacional de España hubiera recibido una información errónea” Yo tardé cinco minutos en hacer que España se enterara de que los terroristas habían vuelto a ganar. En aquél momento, para mi era una noticia. Horas, días, meses, años después, sé que aquello no era una noticia. Era una putada. Aquella tarde desfilaron por el hospital los familiares del joven, sus compañeros. Los fotógrafos y las cámaras trataban de devorar su dolor. Mis compañeros se peleaban, estrictamente, por conseguir un primer plano de alguna lágrima perdida. Yo me senté en una acera. Entré otras dos veces en el informativo para contar lo que estaba pasando. Lo hice con desgana, como saliendo de ese proceso de profesionalismo en el que había estado inmerso la última semana. Cuando acabó el programa, apagué el teléfono y, mientras una furgoneta se llevaba el cadáver de Fernando, me puse a llorar. ETA había ganado, España había perdido otra batalla y yo, simplemente, había hecho bien mi trabajo.
Hasta ahí. Hoy. Mañana. Siempre.
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Hasta que me mires sin miedo,hasta que dejes de evitar mis palabrasy tus palabras no eviten mis miradas.Hasta que mi cuerpo aguante.Hasta que tu cuerpo no ag...
Hace 18 horas

1 comentarios:
Las emociones y sentimientos del periodista radiofónico que está viviendo en directo una información, y tiene que transmitirla a sus oyentes en caliente, son también noticia cuando se cuentan con el rigor y la sinceridad con los que tú te has referido a lo que pasaba por tí en aquellos momentos.
Te leo con interés, y te percibo con un estilo maduro, consolidado. Enhorabuena, no ya por lo que cuentas, sino por cómo lo cuentas.
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