Queremos que nuestro mundo sea perfecto, que sea seguro al ciento por ciento, que no exista enfermedad sin medicamento, que no haya virus incurables. Queremos y deseamos que el mundo no nos depare sorpresas, que nada se escape al control de médicos, militares y presidentes del gobierno. El hombre de 2011 necesita poder emborracharse a gusto sin tener que temer que tiemble el suelo bajo sus pies. Pero tiembla, porque el mundo se nos escapa de nuestras limitadas aspiraciones.
Pero tiembla y tiembla y seguirá temblando y nuestras lágrimas se acabarán cuando acaben los telediarios. Dentro de un mes el drama irreparable de miles de personas será sólo una carpeta en las hemerotecas de los periódicos. Recuperaremos nuestro ritmo diario, el de las nuevas tecnologías, el del Ibuprofeno, el de las revistas de motor, y así. Trataremos de olvidar que la tierra tembló porque el hombre no puede vivir a la interperie: si no hay seguridad, pensamos, no hay vida.
Dice el maestro Ignacio Burgos que el terremoto ha pulverizado "nuestra cultura de la seguridad, basada en una falsa supremacía sobre lo aleatorio", y así es: olvidamos lo que no comprendemos, no queremos asumir que el mal existe, que la enfermedad es posible y que el dolor circula entre nosotros. Lo incognoscible nos supera.
Los muertos de Japón se nos presentan como un aldabonazo en la conciencia, una llamada de atención que no debemos olvidar. Esta vez no: la tierra ha temblado mientras millones de chavales jugaban a la Play Station. Se nos ha ido la luz por unos días. Antes de resintonizar el televisión, pongamos nuestra inteligencia al servicio de la verdad y la trascendencia. Pensemos un minuto y luego otro y asumamos que El Corte Inglés es sólo un búnker relativo e insuficiente.
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