Los chicos que se sienten solos no entienden a los chicos que no conocen el miedo. Hay un tipo que sufre porque nadie le quiere, o eso siente él. Se levanta temprano porque no consigue dormir más de cinco o seis horas: desayuno con diamantes de mercadillo, vísceras de poemas desgarrados y feos, aromas de microondas.
Mientras tanto, el chico sin miedo amanece antes de comer, pone la radio y no piensa en nada oscuro, abre el Facebook, despreocupado, anclado en el presente, con la conciencia tranquila o vacía, es lo mismo: ruido de sables, testosterona, prosa diaria, rutinas tranquilas.
De noche se confunden en la pista de baile: uno vive y el otro actúa, ambos con perfumes caros, los dos con miradas lascivas, unas naturales y otras pretendidas. El chico que tiene miedo lo sigue teniendo cuando simula no tenerlo.
Cuando cae la noche llega la angustia esa de las entrañas, ese monstruo que se ciñe al estómago de los chicos que se sienten solos, ese descorazonador deambular por los minutos, acogidos a la esperanza de que alguien les salve de todo lo que duele. El chico que no sufre no se siente solo aunque lo esté.
Así las cosas, la vida es el marco en el que convive el cuadro oscuro y el lienzo puro, los dos chicos que se cruzan por una misma calle y en la que sólo un tropieza.
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