lunes 2 de mayo de 2011

Hemos perdido

Dice el gobierno de España en su twitter que “considera la muerte de Bin Laden un paso decisivo en la lucha contra el terrorismo internacional”. Siguiendo este argumento, podríamos decir que el asesinato de Estado es una buena noticia, algo plausible, un avanzado desarrollo de la técnica diplomática de la venganza moral: somos mejores y tenemos razón y, por eso, asesinamos a quien es peor, a quien no tiene razón, a quien ha sesgado tantas vidas inocentes.

Que la Democracia es un sistema objetivamente mejor que el totalitarismo islamista que defiende Al Qaeda es una realidad que no admita matices. Pero precisamente por eso, los buenos, o sea nosotros, debemos utilizar como arma la justicia, y no las mismas balas que usan ellos, los malos. Es curioso que en esta mañana justiciera, los mismos que enarbolaban las banderas de la paz blandan sus morales de mercadillo erigiéndose en abanderados de la muerte de Estado.

Bin Laden, ese ser despreciable y pecaminoso, era culpable (él mismo se apropió de la autoría del 11-S). Y, como tal, un tribunal democrático debía haberle confinado a una prisión por el resto de sus días. Pero no, alguien ha decidido erigirse en verdugo y, solapando leyes con balas, ha creído que es moralmente autosuficiente para dirimir su muerte. Y Occidente, ausente de sus raíces y su razón, aplaude emocionada la acción, como si la muerte de Bin Laden hiciera olvidar sus crímenes. Pero es al revés. Nos recuerda que hemos utilizado los mismos métodos, que ellos han vuelto a ganar. Hemos demostrado que nutrimos una democracia a medias. Para ganar necesitamos diferenciarnos de ellos en algo más que en la razón. Los medios son también importantes.