La cantidad de personas que uno se cruza por la calle demuestra que no estamos solos. La ciudad hierve, y son muchos, aunque tú no lo sepas. Te lo advierto para que no te suicides. Almas tristes, con miradas que enarbolan pasado viejo y rancio, son como tú, y no se tiran de un puente. No lo hagas tú tampoco. Puedes sumarte al carrusel de silencios cómplices que anidan en las esquinas de Madrid, o de Barcelona, o de Vancouver, que debe ser algo más pequeño. Si te mueres, si te vas, dejarás atrás otra historia fracasada, y no podemos truncar el destino universal con nuestras pequeñas pérdidas.
La calidad de las personas que tú te cruzas (o que te cruzan la mirada o la cara) en las calles de la ciudad es deficiente. Negligente. Calidad es ponderar el bien por encima del mal, saber decir la palabra adecuada y sonreír cuando conviene. Calidad humana es el nombre del libro más buscado, ese que no tienen ni en la gran librería de la Gran Vía. Pero tú eres una persona con calidad, y te cruzas con una gran cantidad de hombres y mujeres en las calles, y aún así te quieres matar.
Las pequeñas historias que se vacían a diario por las alcantarillas son silenciadas por los megáfonos de El Corte Inglés.
No te dejes morir sólo porque haya una cantidad ingente de personas sin calidad.
Tú eres la diferencia.
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