domingo 7 de agosto de 2011

Lo que somos ahora

Lo bueno de los años es que uno va acumulando conocimiento sobre el modo de actuar de las personas. Éstas tienen unas reacciones aprendidas, heredadas, quizá viciadas, que, en cualquier caso, facilitan su etiquetaje. Así funcionan los prejuicios que nos facilitan la vida diaria, así el siglo XXI deja de ser complejo. De este modo tan sencillo, que consiste en darle nombre a cualquier persona-acción, desentrañamos la complejidad de nuestro tiempo y nuestro entorno. Con el prejuicio vivimos como sabios, pues de necios sería no aprovechar tan sencilla posibilidad de supervivencia. Los que se escapan a tan accesible costumbre (la de etiquetar, archivar, dar por hecho, coronar y, en fin, verter opiniones incontrastadas) son auténticos locos, sibaritas o millonarios snobs que no necesitan calcular su hipoteca a fin de mes. 
Así las cosas, la mañana del domingo (que siempre, no sé muy bien porqué, se empeña en aparecer después de la noche del sábado) es el reino ideal del prejuicio. Quiero decir que si aquél día Marian telefoneó a sus amigas nada más despertar no fue por mera curiosidad, sino porque no podía contener su irrefrenable deseo de etiquetar a cada una de las personas (con sus correspondientes acciones) con las que ella y sus amigas se habían cruzado la noche anterior. Es cierto que en vez de llamar a Tamara (no cogió el teléfono, debía seguir dormida), y luego a Marta (descolgó el móvil después de cinco tonos y respondió con un lacónico “tía estaba sobada”), Marian podría haber aprovechado el madrugón (se despertó poco antes de la una del mediodía) para empezar a leer Oliver Twist. Pero el mecanismo natural que nos impulsa, sobre todo a Marian, a no poder soportar que quede detalle desconocido en las aventuras nocturnas es superior al deseo de saber algo de un mocoso de otro siglo al que putearon la niñez en un hospicio británico. 
-         Tía, Marian, ¿por qué te fuiste tan pronto?
-         Tía, si eran más de las seis
-         ¿Ah, sí? Joder, ni me acuerdo de cuando te fuiste
-         Claro, como te vas a acordar con la moña que llevabas
-         Jajajajajaja
-         Jajajajajaja
-         ¿bueno y qué? ¿cómo acabó la noche?
-         ¿No has hablado con Tamara?
-         Qué va tía, la perra sigue sobando, no me ha cogido el teléfono
-         Pues es que al final se fue con Ricardo
-         No jodas
-         Si tía
-         Pero ¿qué Ricardo?
-         Pues tía, Ricardo, Ricardo, el colega de Javi
-         ¿el de la barba?
-         Si, ese.
-         Qué fuerte
-         Ya tía
-         Jajajaja
-         Jajajaja
-         Bueno tú, me voy a duchar que he quedado ahora para comer con mis padres
-         Joder que envidia me das
-         Jajajajaja
-         Jajajajaja
-         Venga hasta luego
-         Ciao, luego te llamo
Así las cosas Marian se va a la ducha mucho más tranquila. Cuando se fue de la discoteca Tamara estaba hablando con el tal Ricardo. Daba por hecho que se había ido con él, pero dar por hecho no basta, hay que confirmar, contrastar, verificar, no puede quedar ningún cabo suelto. Cuando se despierta uno por la mañana, después de una noche de fiesta, debe saber todo lo que pasó si no quiere quedar excluido, ser un marginado, un paria. Así que tranquila y resacosa, Marian se metió en la ducha, en paz consigo misma, plena, una mujer madura, recién cumplidos los treinta, con buen tipo y un trabajo suficiente. 
Y que le den por culo a Oliver Twist.