La discreción es un bien escaso, muy beneficioso y difícil de aplicar. Escaso porque hemos convertido nuestro mundo en un correcalles de almas, en mercadillo de lágrimas demasiado baratas. Beneficioso, claro, porque aguarda para dentro de los huesos el frío de afuera. Y difícil de aplicar porque demasiadas veces el dolor del día a día le empuja uno a exportarlo a oídos amigos, como si sacar de uno la tristeza y hacerla compartida aliviara aunque fuera un poco el grosor de su sustancia.
Así las cosas, María le contó ayer a Jacinto que llevaba dos meses sin apenas dormir. Su situación en el trabajo era cada vez peor. Su nueva jefa, una chica muy joven, desde luego mucho más que ella, se gastaba un mal humor espantoso, según decía María, y no había día en que no le cayera alguna bronca de esas que se recuerdan. Y lo peor, según María, es que parecía que su jefa disfrutaba con eso de regañarla a voces diariamente, y que incluso lo hacía con la puerta del despacho abierta para que sus compañeros pudieran escuchar los gritos. "Es que yo creo que la tía piensa que mis compañeros disfrutan del espectáculo"
Cuando Jacinto llegó a casa no pudo evitar trasladar la conversación que había mantenido con María a su mujer, Paula. Ella le escuchó con cierto desinterés, pero al final no pudo evitar soltar una frase que a Jacinto le sonó algo más que despectiva: "si es que dos gallos en un mismo gallinero..." El caso es que a la mujer de Jacinto nunca le cayó demasiado bien María. Quizá influía en este sentimiento el hecho de que María fuese más guapa, más alta y, en general, mucho más interesante que ella, pero lo cierto es que siempre le tuvo bastante manía. Así que cuando Jacinto, con toda su inocencia, le contó lo mal que lo estaba pasando María, su amiga de toda la vida, Paula no pudo evitar sentir una íntima satisfacción, como si el destino, el dios al que rezaba o la madre naturaleza, le estuviera devolviendo en forma de venganza todas las noches de desvelo que pasaba a diario esperando que su Jacinto volviese a casa un día con la triste noticia: "me he enamorado de María; te dejo". El hecho de que nunca llegara ese día, en vez de calmar los ánimos de Paula, le encendía aún más. Era como si el paso del tiempo fuese prolongando la consumación de algo que ella veía venir con total clarividencia. Estaba segura de que acabaría ocurriendo. Un hombre y una mujer no pueden ser amigos, se decía.
El caso es que, a la mañana siguiente, Paula esperó a que Jacinto se fuera al trabajo para telefonear a su madre y contarle la historia de María, o, más bien, la historia de María que le había contado Jacinto. Claro que a esa hora, la verdad original se había diluido como el azúcar en el café, irremediablemente. Resulta que Paula le contó a su madre que la guarra de María la estaba liando en el trabajo, y que su jefa, que según tenía entendido era una profesional de los pies a la cabeza, estaba a punto de mandarle al cuerno. Y bien merecido que se lo tenía, claro, remató su madre.
Así las cosas, María fue despedida, Jacinto se enamoró de ella y Paula acabó contando su desgraciada historia en un programa de esos con sillas que dan en la tele a media tarde.
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