domingo 15 de enero de 2012

La orfandad de la última página

Dicen los psicólogos y mamarrachos de autoayuda que los duelos por la pérdida de un ser querido tienen unas fases bien definidas: de evitación, aguda y de resolución.  ¿Quién no ha tenido la tentación de pasear su mirada por los estantes de las librerías donde se colocan esos libros de colores cuyo título suele ser una interrogación: “¿Es posible superar una ruptura?”, por ejemplo; o bien, una frase legendaria, en opinión del editor botarate: “Sé feliz y no mires con quién”.

Pero nadie habla de la orfandad que uno siente cuando acaba un buen libro. En realidad es muy sencillo e, incluso, lógico: cientos de páginas te acompañan durante días, puede que incluso semanas. Son tiernas y ásperas, amables y frías, dramáticas y divertidas. Uno se encariña con un protagonista, o bien lo detesta, o bien aprende de él. Los romanos acaban suicidándose en la historia, como lo hicieron los griegos, y un libro que acabas de leer te lo cuenta con paciencia infinita. Pero se acaba, como lo hace la vida de Julieta, pobre chica tonta, Romeo está a punto de llegar a tus brazos, vivo y enamorado. ¿Y tierno Galván y sus preguntas agnósticas? Al final también deja de preguntar. Incluso las heridas del árbol de la ciencia se cierran al pasar la última página. Y el lector, este yo que te escribe, por ejemplo, acaba abatido, roto, dolido. Esa orfandad de la última página es un exilio profundo: después de días de ciudadanía, un punto final te expulsa a los confines de la nada, sin miramientos, sin retorno posible. Porque aunque decidas volver, ya nada es lo mismo: todo te suena parecido, todo adquiere un color insoportablemente cotidiano, como si a tu regreso te encontrases en un mundo que ya nada nuevo puede ofrecerte.

Recuerdo Los enamoramientos, de tan reciente pérdida, o a Oliver Twist, cuyo recuerdo sigue muy vivo en mí a pesar del tiempo transcurrido desde su insoportable punto final. A veces temo dar el primer paso, saborear el primer párrafo, temo que al llegar el final vuelva a embargarme la misma extraña sensación de pérdida y desconsuelo. Cierto es que a veces uno respira aliviado cuando es expulsado de un mundo absurdo e inútil, como me ocurrió el otro día cuando abandoné La última cena de Javier Sierra, pero incluso con semejantes herejías literarias tiene uno la sensación de que ya nunca volverá a ser una estupidez nueva.

Así que alguien nos enseñe a superar ese dolor, por favor, que algún doctor de algo escriba un libro que nos permita superar la terrible orfandad de la última página y, sobre todo, que ese libro no se acabe nunca. 

1 comentarios:

Anónimo dijo...

estoy de acuerdo y ademas lo describes muy bien creo q todos hemos sentido y seguimos sintiendo esa "orfandad", que solo se va aliviando cuando vuelves a engancharte en el siguiente libro aun sabiendo que te pasará lo mismo cuando termine, quizás forme parte de la "magia" de la lectura