Una palabra. Y otra. Y una tercera. La palabra, tan escasa, tan poca, tan cárcel. La última vez que te vi encontré una palabra sola, tan ridícula, tan abarcable. Era larga, si, pero lo decía todo sin expresar nada. Lo de adentro es siempre desconocido, porque no hay palabra que pueda encerrarlo.
Las cosas de adentro, que son las que duelen, nunca se dicen. Las cosas que se dicen no son importantes. Cuando es de noche y digo noche, sólo estoy diciendo noche. Lo que es la noche, sólo yo lo sé. Lo sé tan adentro que no puedo decirlo.
Luego está la gente de alrededor, que tiene sus adentros, pero que no sabe nada de los míos, o sea, que nadie me conoce. Es mentira eso que dicen de que ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos. Yo me conozco porque no puedo pronunciarme.
Los de afuera son sus palabras, yo mismo para ellos soy mis palabras. Pero las palabras, amor, no existen.
Me conozco porque no me tengo miedo, no me tengo miedo porque me conozco. No me sorprendo de mi mismo. No huyo de mi mismo. No me enamoro de mi mismo. Me conozco, y tú también te conoces. Piénsalo: anoche, en tu habitación, tumbado en la cama; ¿Qué se te pasaba por la cabeza?, ¿Qué pensabas? Eso es lo que eres, eso que no puedes decir con palabras.
Así que somos mentira, somos palabras. Soy yo. Y tú, y tú, y tú por tercera vez. La vida, tan nuestra, tan grande, tan libre. La última vez que te vi no dije nada, amor, no dije nada. Ahora sí, la vida
Carta de un hombre desesperado a una mujer inesperada
-
Estoy aquí. Me encuentro esperando a que vuelvas en un vuelo transoceánico blandiendo tus alas como espadas cortando el vuelo de las aves. Mientras deseo tu ...
Hace 6 días
