jueves 12 de noviembre de 2009

Palabra vida

Una palabra. Y otra. Y una tercera. La palabra, tan escasa, tan poca, tan cárcel. La última vez que te vi encontré una palabra sola, tan ridícula, tan abarcable. Era larga, si, pero lo decía todo sin expresar nada. Lo de adentro es siempre desconocido, porque no hay palabra que pueda encerrarlo.

Las cosas de adentro, que son las que duelen, nunca se dicen. Las cosas que se dicen no son importantes. Cuando es de noche y digo noche, sólo estoy diciendo noche. Lo que es la noche, sólo yo lo sé. Lo sé tan adentro que no puedo decirlo.

Luego está la gente de alrededor, que tiene sus adentros, pero que no sabe nada de los míos, o sea, que nadie me conoce. Es mentira eso que dicen de que ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos. Yo me conozco porque no puedo pronunciarme.

Los de afuera son sus palabras, yo mismo para ellos soy mis palabras. Pero las palabras, amor, no existen.

Me conozco porque no me tengo miedo, no me tengo miedo porque me conozco. No me sorprendo de mi mismo. No huyo de mi mismo. No me enamoro de mi mismo. Me conozco, y tú también te conoces. Piénsalo: anoche, en tu habitación, tumbado en la cama; ¿Qué se te pasaba por la cabeza?, ¿Qué pensabas? Eso es lo que eres, eso que no puedes decir con palabras.

Así que somos mentira, somos palabras. Soy yo. Y tú, y tú, y tú por tercera vez. La vida, tan nuestra, tan grande, tan libre. La última vez que te vi no dije nada, amor, no dije nada. Ahora sí, la vida

domingo 25 de octubre de 2009

Los cinco minutos que me hicieron mayor

Eran las dos menos cinco de la tarde cuando me enteré de la noticia: tras una semana de agonía en un hospital de Bayona, el joven guardia civil Pedro Trapero había muerto. Siete días antes, dos etarras le habían acribillado a tiros a él y a su compañero Raúl Centeno. Les habían descubierto por casualidad en una gasolinera de Capbretón.  Raúl murió en el momento, pero a Fernando la vida le “regaló” una semana de agonía en el hospital. Hasta allí nos habíamos desplazado unos cuantos periodistas españoles que, desde el primer día montamos guardia en la puerta del hospital. Desde allí vimos desfilar a todo tipo de autoridades políticas, incluido el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Todos estaban encantados de hablar ante los micrófonos para expresar su consternación por lo sucedido. Los familiares del guardia civil, y sus compañeros del cuerpo expresaban su consternación escondiéndose de las cámaras y los micrófonos, despistando como podían nuestro voraz y desmedido instinto informativo.

A lo largo de la semana se iban sucediendo los rumores sobre el estado de salud del agente. Cada día parecía que fuera el último. “Me han dicho que de hoy no pasa”, decía un jovencísimo redactor; “Parece que ya le han quitado los tubos”, apuntaba otro. El caso es que todos esperábamos la noticia. Si, esperábamos la noticia. Lo esperábamos porque era harto agotador pasar horas y horas en el aparcamiento del hospital de un país extranjero y ajeno en mitad de diciembre. Y noticia porque, efectivamente, lo era. Sin embargo, amén de la conciencia de cada uno, los periodistas que allí estábamos aguardábamos que sucediera lo inevitable con una mezcla de frialdad y frivolidad. Era una noticia y nosotros estábamos haciendo nuestro trabajo. Yo era consciente de la terrible inmoralidad de aquellas conversaciones con los compañeros, sabía perfectamente que cada risa compartida en aquella cafetería era un puñal clavado en el corazón de la madre de aquél muchacho. Pero seamos honestos, “quién se iba a enterar”. “Somos periodistas, estamos por encima de todo, nos volvemos insensibles”. A costa de topicazos y mentiras disfrazadas, la conciencia acaba por sucumbir.

Como decía, la noticia llegó a falta de cinco minutos para las dos de la tarde de un viernes lluvioso y terriblemente frío. Un colega de Radio Nacional de España acababa de hablar con la corresponsal de París. Francia acababa de confirmar la noticia: el guardia civil había muerto. Raúl había muerto. ETA había ganado de nuevo.

El informativo empezaba a las dos y yo ya tenía escrita mi crónica en términos muy parecidos a las de los días anteriores: “Buenas tardes, continúa la espera en Bayona. El último parte médico mantiene el estado de máxima gravedad y...” Pero todo cambió a las dos menos cinco. Llamé inmediatamente a la radio. “Oye, ya está, me acaban de confirmar que el Guardia Civil se ha muerto”. Entre llamadas, consultas y demás rutinas, mi llamada acabó en el estudio, donde estaba a punto de comenzar el informativo. La productora descolgó el teléfono. Ella ya sabía la noticia. “Guillermo, espera que le pregunto a Nacho a ver cuando entras”. En mi teléfono, en medio de la lluvia francesa, sonó una canción que emitía Cadena 100 en ese momento y que utiliza la cadena cuando alguien pone una llamada en espera. De pronto la música cesó y escuché las señales horarias, esos seis pitidos que suenan en la radio cada hora. Eran las dos de la tarde y el informativo iba a empezar. Yo estaba colgado de un teléfono muy lejos de mi casa, mi madre estaba haciendo la comida, mis amigos  jugaban a las cartas en Cercedilla, mi hermano mayor daba de comer a sus hijas y yo me moría de frío con el teléfono entre las manos y una noticia en la conciencia. Sin previo aviso, Nacho Villa empezó el informativo alterando el orden establecido en el guión: “ comenzamos este informativo desde Bayona con una noticia de última hora que va a hacer cambiar el guión de este informativo... nos vamos en directo hasta Bayona, Guillermo Vila, buenas tardes”. La mente actúa de modo eficaz en esos momentos. Yo no sabía que debía entrar en directo tan pronto, y no tenía nada preparado. Aunque ya tenía algunos años de experiencia, nunca me había encontrado en una situación así. Pero no cabía el error. Había miles de personas esperando que yo les dijera cuál era esa noticia de última hora. Y la dí. “Buenas tardes Nacho... el Guardia Civil Fernando Trapero acaba de morir...” Cumplí mi trabajo.

Horas más tardes, estuve a punto de llamar a mi jefe, rechazar su felicitación, y presentarle mi dimisión. Ese día me di cuenta, de una manera aterradora, de que la responsabilidad de un periodista no es cumplir con su trabajo, sino hacerlo con responsabilidad. Pasé muchos días pensando en aquellos cinco minutos. “¿Y si un familiar del guardia civil estuviera escuchando la COPE” “¿Y si mi colega de Radio Nacional de España hubiera recibido una información errónea”  Yo tardé cinco minutos en hacer que España se enterara de que los terroristas habían vuelto a ganar. En aquél momento, para mi era una noticia. Horas, días, meses, años después, sé que aquello no era una noticia. Era una putada. Aquella tarde desfilaron por el hospital los familiares del joven, sus compañeros. Los fotógrafos y las cámaras trataban de devorar su dolor. Mis compañeros se peleaban, estrictamente, por conseguir un primer plano de alguna lágrima perdida. Yo me senté en una acera. Entré otras dos veces en el informativo para contar lo que estaba pasando. Lo hice con desgana, como saliendo de ese proceso de profesionalismo en el que había estado inmerso la última semana. Cuando acabó el programa, apagué el teléfono y, mientras una furgoneta se llevaba el cadáver de Fernando, me puse a llorar. ETA había ganado, España había perdido otra batalla y yo, simplemente, había hecho bien mi trabajo.

viernes 16 de octubre de 2009

Eres azufre

Como un dibujo en medio del aire, poniéndole vértices imposibles al espacio que nos separa. Cada esquina de nuestra distancia es una razón para olvidarte, y quizá por eso se nos separe el alma, tan partida, tan herida.

Dicen los poetas que todo se puede versar, como si supieran de lo vivido algo más que lo escrito. Nuestras vidas no pueden tener una asonante ni un soneto de esos de a catorce.

Tenemos demasiados matices escritos en la espalda, muchos espejos asomados en las cicatrices que nos hicimos a fuerza de querernos tanto, tanto, tanto, tanto amor vertido en alguna alcantarilla de esta maldita ciudad que nos verá morir. Ni siquiera podemos separarnos a fuerza de kilómetros, ni siquiera nos dejan olvidarnos.

Esto es una necesidad adolescente, una vuelta a los rocambolescos juegos de palabras, que son tan serios, tan autónomos dentro de mi, tan incontrolables como casi todo lo que me recuerda a ti, a tu sonrisa torcida y brillante, a tus piernas dobladas entre las sábanas de la mañana, a tu todo encendido en medio de este maldito y apagado olvido.

¿Por qué me empeño en olvidarte, sino puedo dejar de pensarte?

En el barco de vapor tú eres el barco y el vapor, y yo tan sólo el lector de tus páginas infantiles.

Siempre asistí como un espectador a tu función diaria, a tu "dime que me quieres", a tu baile de colores, a la infinita paz que desprendían tus mentiras. Ahora quiero yo decirte que  no te creo y ya ni siquiera me escuchas.

No puedo ni insultarte, ni despreciarte, no puedo odiarte, no puedo odiarte, si, no puedo odiarte, y, sin embargo, te quiero.

¿Dónde están los justos?, ¿dónde están los periodistas?, ¿Dónde está el presidente del gobierno?, ¿Dónde está el Rey, sus hijas, el hombre del tiempo y la cajera del supermercado? Allí están, en el cristal, en la calle, en todas partes. Me sobran todos, me falta el aire, quizá sea la muerte, quizá que me dan igual todos aquellos que te desconocen.

Y aquí de nuevo, desgañitado en medio de los hielos y algún alcohol lleno de grados y de vergüenza, desentendido de las afueras, perdido en los alrededores de mi mismo, ajeno de mi razón y mi estilo, aquí sigo, saboreando otra noche de pólvora, con azufre en los dedos, aquí seguiré, seguro, en un permanente debate entre la muerte, tus ojos y mis recuerdos.

miércoles 7 de octubre de 2009

La tarde, ¡verdad! (Los motivos, parte dos)

La tarde es el espacio de uno. Encuentro horas vacías y deseo llenarlas de algo, que puede ser un libro que huele a viejo, o una canción de tres minutos por la radio, o para silenciarme en la siesta y la pérdida de tiempo. No pierdo el tiempo cuando sé que lo hago, pues sólo pierde el incosciente que no sabe, como dijo un cantante, que vivir es lo más complicado que tiene la vida. Si en la radio suena un piano de café me veo a mi mismo rodeado de humo en algún artículo de Larra, o evocado en el Umbral del siglo XX, que es el umbral de la literatura y la bufanda del viejo de pelo blanco que murió demasiado pronto.

Un poco más abajo escribí de los motivos, de su búsqueda, y como debido a mis ausencias y perezas dejé de escribir a diario, o por lo que sea, nadie lee ya, puedo ahora contradecirme y decir que no existen. El motivo es uno mismo buscando llenar el paréntesis de una tarde de otoño/invierno. Ahora se habla tanto de la Gripe A, se habla tanto de las vacunas y las vidas que casi hemos olvidado el barro y las zarzas, que siempre han sido las lindes del camino.

Si leyera esto el sabio que yo conozco quizá criticara mi puntuación, pero no podría sacarme mentira, pues como hablamos en su día, le escribo a nadie desde lo más adentro, fuera de las métricas que desconozco, dentro, precisamente, de mis huesos y mis virtudes. Así que todo esto es verdad tan pura que casi me duele: esta tarde que no consigo llenar de motivos, esa noche que me amenaza.

Claro que existe la verdad, ¡cómo, si no, el hombre! De tanto rastrearla podemos quedarnos a oscuras, pero acaso la propia búsqueda sea suficiente luz. Las palabras son un puente, como lo es esta tarde que estoy tratando de dibujar. Me está saliendo, como tantas veces, el intento.  El padre ama al hijo, como tengo comprobado, porque si. Suficiente verdad para los escrupulosos de lo relativo que sepan leer, suficiente motivo para los revolucionarios de la verdad que vamos quedando. Yo tengo la mía y tú la tuya, suelen decir tras ver alguna película de Almodóvar... ¡bastardos! ¡maldigo la ignorancia que me impide denunciarlos en la plaza pública!

El amor me espera en otra tarde. Se me hace tarde...

martes 29 de septiembre de 2009

Los motivos

No hay muchos, si nos ponemos exquisitos. Son esquivos y suelen disfrazarse de otra cosa. Los motivos son un lápiz. Digo que depende de uno encontrarlos. Martín le dio a su hijo Hache un papel con motivos pero en realidad eran los del padre, y no los del hijo que no quería suicidarse. Él quería coger con su mamá argentina, como todos por otra parte, a pesar de la merca, de la frivolidad disgrazada de guión y del relativismo un tanto atroz que destila. A pesar de todo, Martín (Hache) es un motivo. Son dos horas de motivo.

Los motivos son también una especie de imposible muy personal. Conozco un tipo que pinta y que cada noche debe acostarse con un motivo en forma de lienzo. Es muy mediocre, claro, por lo que me pregunto si Van Gogh o Friedrich considerarían su oficio un motivo, o sería para ellos como para mi los despertares provocados. ¿Ven? ese podría ser otro motivo: despertarse cada mañana de forma natural e incosciente.

Esto daría para unas cuantas miles de páginas, pero no es el día. Esto no es un decálogo, ni siquiera un intento optimista de hallar luz en medio de tanta oscuridad. De hecho este texto es sólo una pregunta desde la necesidad de la búsqueda. ¿Dónde estáis? ¡Malditos!